Capítulo 1: El Carbonero de la Esperanza: Origen y Pilar
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Capítulo 1: El Carbonero de la Esperanza: Origen y Pilar

El amor que rescata del abandono

Un 5 de octubre de 1938, en el pequeño pueblo de La Canela, comuna de Puchuncaví, nació Don Selso Contreras, el viejito que limpia porotos. Su llegada al mundo fue, a la vez, el inicio de una vida de carencia y el nacimiento de una voluntad inquebrantable. Este capítulo es la historia de cómo un hombre forjó su inmensa dignidad a partir de la pérdida más cruel y el amor más puro.

Apenas ocho días después de su llegada al mundo, el destino le arrebató a su madre. Con ella se fueron los arrullos que nunca escucharía, los brazos que no lo mecerían, el amor primordial. Y, como si esa pérdida no fuera suficiente, su padre biológico, con la dureza de un corazón de piedra, decidió no reconocerlo. Selso quedó huérfano de madre y abandonado por su progenitor antes siquiera de poder formar su primer recuerdo consciente.

Fue en ese vacío insondable que su abuela materna, Celia, asumió un rol que trascendía la sangre. Se convirtió en su madre y padre a la vez, en su único refugio, en su universo completo. Incluso lo amamantó con el mismo pecho que había alimentado a su propia hija, dándole una segunda oportunidad de vida. Para Selso, ese acto de amor incondicional fue su primer milagro. En un mundo de maltratos y rechazo, el amor de su "mamá" Celia fue el pilar que sostuvo su dignidad y le enseñó que, a pesar de todo, era posible ser amado.

El Pilar: Manos de Carbonero y Lealtad

La niñez de Selso Contreras fue sacrificada y triste. Una sordera lo acompañó desde muy niño, y cuando llegó el momento de estudiar, esta le causó burlas y frustración al no poder entender lo que la profesora explicaba. El maltrato que recibió de ella hizo que él desistiera de estudiar.

Fue así como se dedicó a aprender a cultivar y cosechar, acompañado de su abuelo, quien le enseñó lo relacionado con el campo y la caza. Selso estuvo siempre ligado a la vida rural y a la agricultura, y su jornada era de trabajo desde el amanecer hasta el ocaso. Con manos que debieron haber sostenido juguetes de madera, aprendió en cambio a labrar la tierra, a sembrar papas con esperanza y a cosechar con gratitud.

El joven Selso pasaba sus pocas horas libres en el monte, cazando conejos y pajaritos para complementar la dieta de la casa. Cada tiempo libre lo aprovechaba para proveer a su tan amada abuelita Celia. Antes de cumplir los diez años, ya conocía el secreto de cuándo y cómo sembrar, y entendía el lenguaje silencioso de las plantas que cuidaba.

Pero el verdadero sacrificio de Selso, el que definió su carácter de acero templado en ternura, fue su trabajo como carbonero en los hornos de Don Aroldo. Allí, en medio del calor que quemaba la piel y el humo negro que cubría su rostro de niño, se dedicaba a quemar carbón en hornos de barro, bocas ardientes del infierno local. Era un trabajo sucio y extenuante. Pero él lo hacía con la dedicación de quien comprende que cada trozo de carbón producido era una promesa cumplida: la promesa de que su abuelita Celia tendría comida en la mesa, de que él estaba devolviendo, gota a gota, el océano de amor que ella había derramado sobre él.

La Ley Fundamental: Trabajo y Dignidad

El trabajo en los hornos de carbón marcó el fin de su niñez. Selso fue creciendo y formándose en un adolescente. Un día, al ver que la carencia de alimento persistía, le dijo a su tío José si le podía buscar un trabajo con mayor sustento, sintiendo que ya era todo un hombre y que no quería que su abuelita tuviera necesidad. Así fue como Don Selso dio un paso más en la ley de la lealtad y el trabajo, y llegó a laborar a un fundo cercano.

Junto a su primo Ignacio "Nachito", su compañero en aquellas jornadas interminables, cargaba una tropa de mulas con carbón y lentejas. Pero su viaje más sagrado y personal era el que realizaba solo con sus dos burros más leales: Cirilo y Pascualito. Con ellos, por caminos polvorientos que serpenteaban entre cerros, viajaba hasta el pueblito de Nogales, para vender lo que con el sudor de su frente había ganado. Cada viaje era un acto de amor materializado, era llevarle sustento a la mujer que lo había salvado de la orfandad y la soledad.

A pesar de la pobreza extrema que marcaba sus días, Selso supo desde muy niño cuál era su verdadero propósito en esta tierra: proteger y proveer para la mujer que lo había rescatado dos veces. Aprendió la ley fundamental que gobernaría toda su vida: el trabajo honesto no era una condena ni un castigo, sino el más grande de los honores. Era la única moneda verdadera con la que podía pagar el inmenso amor que su abuela le había regalado.

Selso creció entre trabajo, sudor y rechazo, pero su vida también estaba anclada en la fe. Nos cuenta que su devoción hacia la Virgen era grande y sagrada. En La Canela existía una tradición muy bonita en la que sacaban a la Virgen en una procesión, donde él y un grupo de fieles devotos hacían bailes, cantos y alabanzas.

Es así como un 25 de diciembre, en Navidad, les tocaba pasear a la Virgen de Andacollo. Estando todos felices, Selso, mientras bailaba usando unas chalalas de goma —sandalias hechas de goma de neumáticos de vehículos, cocidas con alambre—, sin querer le rompió las medias a una profesora que se acercó demasiado. Ella, muy molesta, lo tomó del brazo y lo reprendió, a lo cual él no tomó en cuenta, ya que su devoción era más grande, y continuó bailando. Indignada, la profesora se acercó a la abuelita Celia y la acusó del incidente.

Celia, con la dignidad de una reina y la determinación de una leona, defendió a su nieto con convicción, explicando que había sido un accidente sin malicia. Ese gesto, esa defensa incondicional, le enseñó a Selso más sobre el amor que mil palabras jamás podrían haberle enseñado.

Anecdotario de un Corazón Noble

Otra de sus historias es que una noche se despide de su abuelita Celia y se dirige a revisar el horno de barro. Esa noche oscura y fría, acurrucado al lado del horno, escucha un ruido que viene desde la montaña. Muy asustado, se despierta con el ladrido de su tan querida perrita: La Choca. Al sentarse, nota que un bulto se viene acercando. Él, con una escopeta en mano, se pone alerta. Dice que se venía acercando un animal que parecía un león. Él le empieza a hacer ruido para que se fuera. Pero dicho animal se lanza sobre Selso, y él, de un solo disparo, abatió a la bestia. No sintió miedo, pero el estruendo atrajo a los vecinos, quienes lo celebraron: había matado al león que acechaba sus gallinas.

El Legado de la Dignidad

La abuela Celia fue un faro luminoso en medio de la oscuridad, un puerto seguro en las tormentas de la vida. Para Selso, ella no era solo su abuela: era su universo completo, su razón de existir, su motivación para levantarse cada madrugada y trabajar hasta que el cuerpo no diera más.

Y así, en ese pueblo pequeño llamado La Canela, Selso Contreras construyó los cimientos de lo que sería su legado: una vida dedicada al trabajo honesto, al amor incondicional y a la lealtad inquebrantable. El carbonero de la esperanza había forjado su alma en el fuego del sacrificio y el amor.

Su dignidad, nacida en la adversidad más cruel, sería la herencia más valiosa que dejaría a las generaciones futuras, una herencia que hoy, a sus 87 años, se manifiesta en la noble y cotidiana tarea de seleccionar los porotos, el gesto que resume una vida de inquebrantable amor.

Don Selso Contreras a sus 87 años, limpiando porotos con dedicación

Don Selso Contreras

87 años de amor inquebrantable

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El Carbonero de la Esperanza: Origen y Pilar

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