Capítulo 3: La Ofrenda del Corazón
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Capítulo 3: La Ofrenda del Corazón

I. La Sombra Más Cruel y el Vacío Inevitable

En Nogales, Don Selso Contreras demostró rápidamente su temple inquebrantable. Con manos curtidas y voluntad firme, no le faltó trabajo: cosechaba, cazaba conejos y se aferraba a la tierra, construyendo un nido bajo la mirada serena de su abuela Celia.

Sin embargo, la estabilidad en el camino de un hombre forjado en la adversidad resulta ser siempre un espejismo. El golpe más cruel llegó el 14 de noviembre de 1973. En esa fecha, Don Selso contaba treinta y cinco años de vida, pero el destino le arrebató a su único faro: su abuelita Celia. Ese gran y único amor, que había sido su brújula y tabla de salvación, fue llamado a los brazos del Señor.

La luz de Celia se apagó, dejando una oscuridad repentina. Fue un golpe devastador: Selso sintió que había perdido no solo a su protectora, sino el pilar fundacional de su propia existencia. El carbonero quedó huérfano por segunda vez, cargando el peso de una soledad tan profunda que creyó definitiva. El luto fue prolongado; los años siguientes se envolvieron en la rutina de un hombre trabajador que cargaba su duelo en silencio. El anhelado sueño de tener una familia parecía una estrella inalcanzable, una promesa marchita con la partida de su "mamá" Celia.

El comienzo de una nueva vida y el nacimiento de una familia

II. El Renacer y la Cuna Precaria

Pasaron los años, envueltos en la rutina de un hombre trabajador que cargaba su duelo en silencio. El anhelado sueño de tener una familia parecía una estrella cada vez más lejana, una promesa que se había marchitado con la partida de Celia. Sin embargo, la vida, sabia arquitecta, le tenía una bendición preparada. Fue entonces cuando conoció a María Catalán, una muchacha veinte años más joven que, a pesar de la diferencia de edad, no fue impedimento para que Selso viera la gran oportunidad del amor, una segunda oportunidad para el hogar y la familia que tanto anhelaba.

Decidieron construir su vida juntos. Con la llegada de su primer hijo, Mauricio, un calor familiar inédito se instaló en el alma de Don Selso, llenando el vacío dejado por Celia y confirmando que la esperanza podía florecer después de la pérdida. El corazón de Don Selso, sin embargo, albergaba un susurro persistente: el sueño de una «niñita». No perdió la fe. Fue así como, junto a su esposa, continuaron intentándolo. Nació otro varón, Alex, pero Selso no se rindió.

Su persistencia fue recompensada: el 23 de diciembre de 1981, víspera de Navidad, la niña de sus sueños llegó para coronar su legado. Ella fue quien él siempre dijo que sería su niñita regalona: Olivia Catalina Contreras Catalán.

Fue en la población El Polígono, situada en la comuna de Nogales, donde Selso Contreras comenzó a erigirse como el pilar inquebrantable de su nueva familia. Su refugio era una vivienda improvisada, levantada con nylon y frágiles tablones, cuyo piso de tierra definía la precariedad extrema. Esta chosita diminuta, desprovista de servicios básicos y sin baño, era un espejo cruel de la pobreza que rondaba a tantos hogares chilenos de la época. Allí, en ese espacio mínimo, donde María cocinaba diariamente a leña, la verdadera construcción no era la casa, sino la dignidad que Don Selso se esforzaba por sostener.

La familia Contreras en su humilde hogar improvisado del Polígono

III. El Único Proveedor y el Corazón del Hogar

En esa frágil mediagua, la vida era un desafío constante contra la intemperie. Un invierno, la furia desatada de un temporal fue implacable: las lluvias y el viento derribaron parte de aquel refugio. Ante el colapso, Selso y su familia se vieron obligados a recurrir al único bastión de seguridad disponible, una sede vecinal que funcionaba como albergue en medio de las inundaciones.

En medio de la urgencia, la preocupación de Selso se agudizó. En el albergue, donde confluían extraños, su instinto de protector se centró en su pequeña hija. La sensación de haber perdido el control y la precariedad del refugio comunitario representaban un riesgo que él no estaba dispuesto a tolerar. Al día siguiente, antes del amanecer, Don Selso regresó al terreno. Con la urgencia de quien cumple una misión sagrada, dedicó su jornada a levantar aquel hogar del barro y a restaurar las paredes caídas, con la única obsesión de sacar a su familia lo antes posible de la intemperie pública y devolverla a la dignidad de su propio techo.

El sacrificio de Don Selso era total: mientras él enfrentaba la dureza del mundo exterior, María, su esposa, era el pilar silencioso del hogar. Ella dedicaba su vida a los quehaceres diarios y a la crianza atenta de sus tres hijos, forjando la fortaleza interna de la familia. En esa sinergia de amor y esfuerzo incesante, los niños crecieron con una lección fundamental tatuada en el alma: sabían que la dignidad era el fruto del trabajo incansable de su padre y la dedicación invisible de su madre.

IV. La Naranja Thompson y la Lección de Reparación

La niña de los ojos de Don Selso, Catalina, ya era una fuente de luz y travesura.

Una de las primeras lecciones de disciplina que marcó su infancia ocurrió un domingo a mediodía. Don Selso llegaba a casa con sus dos burros, Carmelo y Carmela, cargados con la leña que había buscado con sacrificio. Por tradición, sus hijos varones, Mauricio y Alex, eran los encargados de entrar esa leña. Enojados por la dureza de la labor, comenzaron a cumplir con su tarea. Catalina, pequeña y traviesa, y eximida de esas labores por ser mujer y por su corta edad, cometió un error grave: comenzó a burlarse de sus hermanos por el trabajo que debían realizar. La mofa hirió la dignidad de la labor, el principio sagrado que Selso no transigía. Presa de la frustración y el enojo, su padre agarró una varilla de mimbre y persiguió a su hija. Ella, aterrada, se agarró a las piernas de su madre, pero Selso, dominado por la rabia, le propinó el primer y único varillazo de su vida.

La pena de Don Selso fue inmediata, al ver a su hija triste y llorando, el arrepentido se alejo por un buen momento al rato regreso cargando una maranja Thompson inmensa que no cabia en sus manos, se la entrego a su hija pidiendole mil veces perdon y no volveria a hacer, y le dijo que ella no puede burlarce de sus hermanos, ya que ellos estan trabajando, igual como ella lo hacia ayudando en las labores diarias del hogar a su madre.

Ella lo abrazó y se comió la naranja sola, pues él se la había regalado en compensación por el daño, un daño que él sintió como una herida en su propio honor. Fue la lección más profunda: el amor de un padre es redentor y la dignidad no se negocia con la violencia, sino con la reparación.

V. El Sacrificio en un Sobrecito

Esa devoción se hizo poema un día que Catalina cursaba su primer año básico. De camino a la escuela, se percató, avergonzada, de que no llevaba ropa interior. Dada la extrema escasez, su familia solo poseía dos pares. Al llegar a casa, su madre resolvió el problema. Pero al caer la tarde, la niña, con la sinceridad de la infancia, le contó el incidente a su padre. Don Selso escuchó con "su carita bien triste". Terminó su té reparador en silencio. Luego, sin decir una palabra, se puso de pie y caminó. Su destino era el pueblo de Nogales, y su parada, la tienda de Doña Hilda Cet. Allí, donde la confianza era la única moneda de cambio, Don Selso pidió a crédito tres calzoncitos.

Regresó a casa. La dignidad y el amor se materializaron en un humilde sobrecito. Se lo entregó a su hija con la voz ronca, una promesa envuelta en papel: "Tome, hijita. Yo cuando pueda le voy a volver a comprar". En ese acto, Don Selso no solo le dio ropa interior, le entregó una lección eterna: su necesidad siempre estaría por encima de la suya. Años después, su esfuerzo incansable, vendiendo pencas y leña, dio el fruto largamente soñado: la casa propia.

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La Ofrenda del Corazón

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